A 50 años del golpe de Estado del 24 de marzo de 1976 todavía persisten los pensamientos y sentimientos antagónicos de los argentinos.
Durante mucho tiempo, desde el advenimiento de la democracia de la mano de Raúl Alfonsín como presidente, hasta las postrimerías del kirchnerismo, muy pocos se animaban a espetar su desacuerdo con las políticas de “memoria, verdad y justicia” y “derechos humanos”. A medida que avanzaban los problemas económicos y que la política no lograba dar respuestas a las vicisitudes de los ciudadanos, se iba gestando un pensamiento contestatario sobre la historia que se estaba construyendo en posdictadura.
Surgían dudas sobre lo ocurrido en la dictadura y se comenzaba a “rescatar” a los militares como establecedores de un orden que la democracia no lograba sostener, específicamente sobre la inseguridad frente a la creciente delincuencia de la mano del narcotráfico.
Y en los últimos años, con la irrupción del mundo digital y el desarrollo de las redes sociales, los comentarios y opiniones banales se volvieron comunes, ofensivas, sin sustento científico, masivas y respondiendo a una lógica de enojo y odio que hace perder todo horizonte de razonamiento.

Jorge Rafael Videla jurando como presidente de la Nación Argentina luego del golpe del 24 de marzo de 1976.
Si los hechos históricos del pasado remoto generan controversias, ni hablar de los tiempos de la historia tan cercanos en que muchos todavía existen como testigos.
Es sano discutir sobre los posicionamientos ideológicos de unos y de otros, de si tal o cual personaje histórico es o no un prócer, si deberíamos haber tomado tal o cual camino, pero lo que no debemos tolerar es denigrar al otro por pensar como piensa. Sin embargo, ese otro, tiene que sostener argumentaciones, porque si opina por opinar tendrá derecho a hacerlo, pero no por eso es necesario respetar esa opinión. Y esto no tiene que ver con falta de respeto o pensamiento totalitario. Lo que ocurre es que si no entendemos que la cultura forma parte de la naturaleza humana -y que se ha construido con una lógica que hasta el presente no ha sido cuestionada, por un consenso histórico, desde que el ser humano comenzó a pensar, corroborado por la experiencia a lo largo de los milenios-, estamos frente a un vacío absurdo que no solo no aporta nada a nuestra existencia, sino que hasta puede llegar a ponerla en riesgo.
En definitiva, demos la vuelta que demos, siempre caeremos en el filosofar. Y el filosofar es el intento de la búsqueda de una verdad, es un estado de supervivencia, es una condición humana indispensable para existir. Que no lo hagan todos porque se sienten aburridos no significa que no sea eficiente. De hecho, toda la tecnología actual de la cual gozamos y usamos sin control proviene de ese pensar.
Entonces pensar sirve, pensar es útil, mucho más de lo que algunos creen. Por eso, lanzar una opinión por pura emoción, sin sustento, no aporta nada y confunde más. Se puede hacer por ignorancia o por mala intención. El que ignora puede aprender y el malintencionado no tiene cura, generalmente se esconde en el anonimato. Antes había que publicar un libro o expresarse como lector dando a conocer la identidad al medio para que pueda ser publicado. Ahora no ocurre eso y cualquier imbécil se expresa con violencia y sin argumentos.
¿A qué viene todo esto?
A que pensar era como una proscripción durante la dictadura. Pensar era peligroso, podía costar la vida. Porque los que estaban en el poder en esa dictadura no tenían todas las luces, reaccionaban como violentos primitivos, detentaban las armas y el poder, el poder de vida o muerte sobre las personas.
Algunos creen, mal informados o porque quieren ver esa parte de la realidad, que la dictadura solamente combatía a malhechores armados que atentaban contra el orden público, “delincuentes subversivos” como se los denominaba. Incluso, la mayoría del pueblo argentino en aquella época aplaudió el golpe del 24 de marzo y veían a los militares como salvadores de una realidad económica y política en decadencia. Y no tenían idea de las desapariciones y torturas que se había implementado como metodología de acción. Que no era solo sobre combatientes guerrilleros, sino sobre militantes políticos, sindicales, sacerdotes, adolescentes, gente de la cultura, en definitiva, también sobre todos aquellos que pensaran diferente o que tuvieran en su poder un libro considerado peligroso, como algún libro de Marx o El Principito. Hoy, cualquiera usa una remera del Che Guevara como si fuera una remera de un rockero. En aquella época era impensable, costaba la vida o era torturado. Así de simple.
Las declaraciones de los líderes militares de aquella época señalaban su grado de ignorante brutalidad. En mayo de 1977, el general Ibérico Saint Jean, en ese entonces jefe del tercer cuerpo del ejército, dijo: “Primero, mataremos a todos los subversivos, luego a sus colaboradores y simpatizantes, luego a los indiferentes, y finalmente a todos los indecisos”.

El informe emitido por la Comisión Nacional sobre la Desaparición de Personas (CONADEP), presidida por el escritor Ernesto Sabato, se convirtió en el libro Nunca Más.
Pero la historia nos demostró que se usó la tortura como método de disciplinamiento y como placer para los que lo hacían, que las desapariciones eran para evadir la responsabilidad frente a la justicia, que robaron niños y los escondieron en familias adoptivas o se los quedaban como trofeos, que eliminaron gente, como muchos judíos, con la finalidad de robarles los bienes, que torturaban y mataban por las dudas, o porque no compartían el mundo occidental y cristiano, y muchos etcéteras más.
Y todo esto se replicó en muchos países de América Latina, donde los golpes de Estado eran moneda corriente, por intereses políticos y económicos, y con la fachada de excusa que el mundo libre estaba en peligro.
La violencia, expresada en torturas y desapariciones, no es un tema para tratarlo livianamente. El Estado tiene todas las herramientas legales para combatir el delito en sus variadas manifestaciones, pero lo que nunca puede tolerarse es que se habilite a que un grupo de sádicos las utilicen para provocar atrocidades de las cuales nos avergüenzan como seres humanos.
